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20 en orden cronológico
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Leonardo Sciascia
Un texto importante este, ya convertido en clásico, sobre la responsabilidad del científico, a partir de uno de los asuntos más trágicos de la historia de la ciencia en el siglo XX: la bomba atómica. Brillante, ágil, amena, intensa, mixtura magistral de ensayo y fábula, constituye "La desaparición de Majorana" una aportación decisiva sobre la cuestión, a la vez que encarna un ejemplo cenital de la función capital que la literatura puede cumplir en una sociedad como la nuestra.
Orhan Pamuk
Este sorprendente cierre acredita por sí solo el talento narrativo de Pamuk, que relativiza nacionalismos y patrias y lanza un vigoroso y delicado alegato contra la intolerancia y los prejuicios mediante un brillante juego de contrastes y simetrías que tienen su origen en Nabokov y en Borges, según confesión del propio escritor, que también ha evocado a Hoffmann y a Stevenson a propósito del tema del doble. A ello se une un estilo certero, sobrio y brillante, narrativo y poético, que se despliega con una cadencia isócrona y progresiva que evoca escenarios fastuosos y se ocupa de saberes científicos, en el advenimiento de la era de la ciencia que inauguró el Renacimiento en que la fábula discurre, con tanto rigor como soltura. Un relato, en fin, delicioso, que argumenta a favor de la decisión de la Academia Sueca, cuya decisión en esta ocasión parece inobjetable.
Julio M De la Rosa
El ermitaño del rey -el título alude a la peña de Alájar, el nombre del idílico retiro que Arias Montano se hizo en la sierra de Aracena- indaga con maestría en el tema central de la lucha por el conocimiento a través de las luchas ideológicas (religiosas) del siglo XVI, de las que nos da una imagen muy inclusiva; y es además una gran novela por la incomparable hermosura de su lenguaje y por lo sostenido de su ritmo narrativo que, exento de intrigas o acciones inesperadas -en suma de culminaciones climáticas- sustenta con extraordinaria eficacia el desenvolvimiento del discurso.
Marguerite Yourcenar
No quería, pues, Zenón padecer en carne propia el "opus nigrum", es decir, lo que en el lenguaje alquimista designaba "la fase de disolución y de calcinación de las formas, que es la parte más difícil de la Gran Obra". Le espantaba, como dice en el impresionante monólogo final, la muerte en la hoguera, que ya había presenciado. "Hubiérase dicho -leemos- que el conocimiento de lo que iba a suceder alcanzaba súbitamente en él al entendimiento del cuerpo, dando a cada sentido su parte y cuota de horror; vio, sintió y oyó lo que mañana serían en la Plaza Mayor los incidentes de su muerte..."
Zenón decide, pues, su muerte, el modo y tiempo de su fin, en ejercicio supremo de su libertad; y muere así consecuentemente, como víctima de la superstición y la intolerancia. Marguerite Yourcenar ha trazado en esta novela animada, vívida, a veces cruel, el perfil de una época y de un paradigma humano, que de manera oblicua retrata el trágico destino de la sabiduría y la tolerancia en el siglo XX. Zenón es un "científico" "avant la lettre", que no llega a conocer el "opus nigrum", la suprema liberación del espíritu de las cadenas de la materia; pero que conoce sobre todo la experiencia de la libertad: libertad para pensar, para vivir y, en fin, para morir. Todo ello a través de una prosa sabia, que conjuga la cultura máxima con la rigurosa selección de los datos y la tercera persona de la narración con los diálogos y la palpitación existencial del protagonista.
Ian McEwan
El resultado es un híbrido de reflexión existencial y de patología, que no siempre resulta convincente. No lo es ni la continua apelación del protagonista a los diferentes discursos científicos, ni la combinación de las dos voces que concurren en el texto: la narrativa y la epistolar. La figura del fanático enamorado resulta poco verosímil, por más que el autor inserte una suficiente bibliografía sobre las patologías de esta índole. McEwan quiere ser humorístico, pero es más que nada cómico. Hay además subtramas poco justificables, como la de los celos "post mortem" de la viuda de la víctima del accidente, cuya inserción en la trama no siempre resulta justificada. En suma, las especulaciones científicas son en general bastante gratuitas. Y el tipo científicamente observable, resulta al cabo un personaje pintoresco. Lo que no obsta contra la brillantez de la prosa, la desenvoltura estilística y narrativa del avezado autor, su dominio de la materia narrada. Pero McEwan, que es un escritor de genio, ha querido ser ingenioso esta vez, y el ingenio, ya se sabe, divierte un poco pero no profundiza demasiado. Sea dicho todo esto con el respeto que merece la talla del autor, una de las figuras insoslayables de la actual literatura europea.
Don DeLillo
La novela discurre normal y excepcionalmente, pero el ritmo y estructura narrativos son absolutamente anglosajones, con el predominio de los diálogos, abundantes y buenos y la contenida secuenciación de los hechos. Hay que destacar la calidad de página del autor; p, ej. "Tras una noche de nieves iluminadas por el sueño, el aire se tornó diáfano e inerte. La luz de enero poseía una calidad tensa y azulada de solidez y confianza..." Una novela buena, aunque no genial, entre la tragedia y la comedia, que acaba ganando la partida. Como si América fuera hoy incapaz de la tragedia.
Gestas y opiniones del Doctor Faustroll.
Alfred Jarry
El viaje de Faustroll recuerda a los moralistas ingleses (Defoe es expresamente invocado), pero, insistimos, Jarry no pretende nada, ni creer ni no creer, ni postular a Dios ni a su contrario. Al final uno llega a la conclusión de que sólo le interesaba su imaginación. Es decir, la literatura.
Casi 100 años después de su publicación, Gestas y opiniones sigue siendo un libro inquietante por los poderes de la imaginación que despliega, pero también algo arqueológico a la luz de los desastres y experiencias del siglo que Jarry apenas si llegó a conocer.
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Sean o no verdaderos, sólidos, definitivos, los argumentos antirreligiosos de Baroja, lo que importa aquí, para la misma valoración del texto, es la veracidad del escritor, que depone siempre su verdad con absoluta autenticidad. Don Javier Olarán es, como tantos otros personajes, un álter ego del autor, que se vale de él para poner patas arriba la religión. De paso, se atestigua otro elemento, no siempre tenido en cuenta por la crítica: la profunda cultura de Baroja y su interés por la ciencia de su tiempo, de la que estaba mucho más al tanto de de lo que se ha creído, aunque ese interés tampoco generara en él ningún entusiasmo especial, convencido como estaba de que la ciencia -y así lo dice- no era humana, en el preciso sentido de que la movía la misma ciencia, el ansia de los científicos por hacer ciencia y no ninguna especial filantropía de la comunidad científica. Baroja, por otra parte suscribe la inveterada oposición entre Religión y Ciencia.
No será la Tierra. Novela en tres actos.
Jorge Volpi
Pero la novela no se centra en la suerte de los científicos y la ciencia sino en la medida en que forman parte de las ansias hegemónicas de las dos grandes potencias. La novela es fundamentalmente una historia de algunas de las grandes convulsiones del siglo-XX. En la medida en que la crónica histórica se ha impuesto sobre la evolución de los personajes, la novela puede considerarse en cierto modo fallida, porque tiene más de reportaje, brillantísimo por cierto, que de novela genuina. Los anclajes históricos condicionan el desarrollo novelesco.